
Tenia la certeza de que volvería en el momento que menos lo esperara, por eso, como cada amanecer, abro la ventana y apoyada en el quicio escudriño los ruidos todavía en la noche.
¡YA LLEGA!, ¡YA LLEGA!. El tren da un silbido y aminora la marcha. Percibo como se detiene e intuyo el bajar de viajeros con sus equipajes y la súplica del cochero buscando trabajo.- ¿Puedo llevarlo Sr.?
Lo espero en la mañana que amanece en espléndido silencio, hablandole al alba; la campana del reloj rompe mi ensoñación; el sol naciente sobresale del enrejado del santuario y brota de mis labios una oración.
Pasan las horas y nadie osa pertubar estos parajes. Pero no desfallezco, antes al contrario, una vez más persisto en esta firme persuasión esperando el alba junto a la ventana.